Historia y Gratitud.

Gracias al Señor por toda la ayuda prestada a través de los ángeles terrenales que Él utilizó para que la Librería Rodali sobreviviera en los momentos más difíciles de su historia, y a la madre de Roberto, quien vivía orando por cada uno de sus hijos.

Roberto Santana quien trabajaba en la Ferretería Brugal como viajante, siendo el mediador de los negocios ferreteros, anhelaba algún día montar su propia empresa y emprender un camino como negociante, ya que era lo mejor que sabía hacer. Cuando decidió salir de la ferretería, le pidió a Don Luis Brugal una carta de recomendación para la Librería Lendoiro, en la cual este garantizaba con su ferretería un préstamo.

Con RD$ 50.00 Pesos comenzó la Librería Rodali el 14 de Febrero del año 1968 en la sala de Doña Zunilda, la madre de Dalila, esposa de Roberto, quien de una forma desinteresada la prestó.

Después de unos 6 o 7 meses pasaron a otra casa la cual utilizaron un espacio de esta como local. Doña Cambucha, la dueña de la casa, se la ofreció en RD $3,000.00 pesos, y le dio 6 meses para conseguir el dinero, pero ningún banco lo quiso prestar.

Un tiempo después les estaban pidiendo la casa porque había sido vendida. No tenían para dónde ir, y ni un sólo centavo para buscar otro lugar. Doña Mercedita Salcedo, la cual le tenía muchísimo aprecio a Roberto, inmediatamente se enteró de la situación, tomó la decisión de venderle su casa (Hoy Librería Rodali), y que le pagara cuando consiguiera el dinero.

Luego de Roberto contentarse con el acto de Doña Marcelina, se dirigió con esta buena noticia a la Fábrica Nacional de Fósforo donde había trabajado como mensajero en el año 1961. Chemo Reyes, que a la sazón todavía trabajaba allí, al conocer la situación por la que atravesaba Roberto, ese mismo día le prestó los RD$ 2,100.00 pesos que le debía a Doña Mercedita, los cuales luego le pagó en un período de 2 años.

La Asociación Norteña prestó parte del dinero de la construcción del edificio y aunque solamente se tenía que pagar mensualmente RD$158.63 pesos, se había atrasado 7 meses. Don Hugo González nunca le exigió el pago, siempre contó con que le pagaría.

Don Andrés Brugal Mateo le recibía en su despacho con tanta amabilidad y le hacía avances de RD $300 pesos, ya que Roberto era quien le suplía al igual que a los empleados de la Fábrica Nacional de Fósforo como a los de Brugal y Compañía.

Don Hugo Sanders, y Ceferino Galán también le ayudaron mucho.

Cuando el seguro costaba RD $40.00 pesos, y no era fácil pagarlo, Don Armando Goede  una persona muy especial para Roberto y con quien mantenía una buena amistad le dijo que fuera pagando mensual RD$5.00 pesos, y este se llenaba de felicidad porque Roberto le visitaba muy amenudo.

Don Teófilo Gutiérrez de la impresora Teófilo de Santiago, le decía insistentemente: Santana, quiero que te lleves 3,000 resmas de papel, que en una o tres semanas  va a costar tres veces más, y así puedes resolver parte de los problemas; no importa el tiempo que tomes para pagarlo. Roberto negándose a aceptar un compromiso tan grande optó por tomar solo 1,000, cuando el millar de sobres era a RD  $1.45 pesos, la Librería solo podía comprar 10 millares, que eran menos de $14.5 pesos. Era un hombre visionario, porque así mismo sucedió.

En julio del año 1976 el año escolar estaba casi comenzando, y no había ni siquiera un lápiz para arrancar. Roberto le explicó lo que le estaba pasando a Don Yuyú Pellerano de La Margarita en Santo Domingo, al cual le debía 5 ó 6 mil y le dijo que no había ido a lamentarse; sino a rogarle que encima su deuda le consiguiera la mercancía que necesitaba para que la Librería no sucumbiera.  Y así lo hizo, le dio todo lo que necesitaba para ese año escolar.

En aquellos tiempos de tanta precariedad, ningún banco o financiera quería prestarle RD$500 pesos, en cuanto José Mármol, gerente del Banco Popular en Puerto Plata le prestó la suma de RD$3,000.00 pesos.

Nidio Fermín, un próspero librero, el cual se preocupara tanto por Roberto al verlo iniciándose en el mundo de los negocios, le dijo que tomara toda la mercancía que necesitara y que la fuera pagando poco a poco. El aprecio, el cariño, y el respeto que le tenía Robert a Nidio no era pequeño.

Por nueve largos años del 28 de diciembre hasta el 7 de enero tenía que trasladarse a la Avenida Mella en Santo Domingo, cerca de los bomberos, a vender los juguetes que se había quedado en la tienda después del 25 de diciembre para poder cumplir con los compromisos de pago.

Los días que pasaba allí con parte de su familia teníamos que comer en plena calle, sentados en los contenes con sus olores característicos.

Mucha de su familia que vivía en la capital le brindaba una muy buena ayuda.

Pero allí también fue donde conoció muy joven a Carmelo Cuello, hombre educado, serio, afable, y muy desprendido. Era gerente de la Casa Cuello y algunos años después de la muerte de su tío Graciano, él quedó como administrador de la compañía.

Hicieron una gran amistad que hasta le ofreció uno de sus salones para vender los juguetes, y las cosas comenzaron a cambiar, porque de ahí en adelante no tuvo que vender juguetes en la calle, y hasta el sol de hoy, él ha sido para la Librería Rodali de gran bendición.

La situación se había agudizado tanto que se hizo necesario salir de varios bienes para aminorar el peso de la carga que embargaba de manera tan grande.

Parte del dinero se utilizó para pagarle al Banco de Reservas, cuyo crédito lo cerraron después de haber pagado porque se habían atrasado casi un año.

Buscó un abogado para que lo ayudara a vender el edificio de la librería y la vivienda.

Pagaban RD$1.00 al Listín Diario (periódico nacional) por el anuncio de la venta y tenía que pagarle al banco RD $158.63 pesos cada mes, y se habíamos atrasado 7 meses.

El Señor no permitió que esta venta se efectuara y para finales del año 1976  debía RD$56,000.00 atrasados, y solamente tenía en inventario $8,000.00 pesos.

En enero del 1978 se pagó los últimos $325.00 que se debían y de ahí en adelante ha tenido muchas deudas, pero no impagables. Gloria sea al Señor.